Algunos apuntes sobre la satisfacción de los usuarios de e-learning

La formación permanente es otra de las esferas de nuestra vida que desde hace unos años, podemos desarrollar en la red. Cuando hablamos de éxitos o fracaso en la misma parece que buscamos las posibles causas en los mismos factores que determinan la calidad de la formación en lo offline (calidad de los contenidos, del seguimiento, factores organizativos, etc…) sin tener en cuenta el carácter innovador del medio, que, como ya predijeron sociólogos como Mc Luhan durante la década de los 60, connota y hasta determina la forma en la que asimilamos el mensaje o, en nuestro caso, los contenidos de la formación.

Así, analizaremos el grado de satisfacción con la formación recibida on-line, no a partir de tradicionales factores pedagógicos sino de algunos que son propios de la no-neutralidad del soporte en que la impartimos:

-Desconfianza general hacia todo lo que se desarrolle en Internet, como medio impersonal y anónimo: el grado de confianza de la población con respecto a temas diversos, como las compras o el establecimiento de relaciones on-line, por ejemplo, resulta igualmente bajo. El motivo último puede adivinarse en el temor que inspira lo novedoso y las posibles soluciones, en esta etapa que podríamos llamar de “implantación de la cibercultura”, pasarían por simular de algún modo las formas en que todos estos ámbitos vitales se manifiestan fuera de la red: la creación, volviendo a la formación, de “no lugares” o espacios que simulen el aula (foros, blended learning), la personalización del tutor (nombre, fotografía, comunicación simultánea tipo Messenger, etc…) serían ejemplos de ello.

-Sensación de incontrolabilidad: Propia del postmodernismo, la complejidad de la “vida en la pantalla” (Turkle, 1995), organizada en ventanas múltiples, produce en un primer momento sentimientos de saturación que dificultan la necesaria seguridad a la hora de afrontar nuevos aprendizajes. En este caso, quienes diseñan contenidos para impartir on-line, deberán seguir criterios de usabilidad, minimizar el número de ventanas que se abren de forma simultánea, dibujar guías o mapas de navegación conceptuales, etc….con el objetivo último de positivizar la complejidad o, dicho de otro modo, convertir el caos en una oportunidad de aprendizaje ilimitada.
El hecho de que podamos simultanear trabajo, ocio y formación en un mismo espacio, si bien a largo plazo podría resultar positivo, puede resultar, para personas poco habituadas a navegar, en un acercamiento disperso a la formación que incrementaría las posibilidades de abandonar o valorar negativamente la misma. Como posibles soluciones, además de las apuntadas, resulta aconsejable incrementar el control sobre el proceso de aprendizaje, no sólo mediante el control del tiempo de conexión a la plataforma, sino haciendo uso de periódicas pruebas de evaluación continua. Incrementaremos, asimismo, la credibilidad de la formación on-line si establecemos criterios de evaluación que no hagan excesivamente fácil, y por tanto banal, la consecución de un título.

-Insatisfacción con respecto a los contenidos: Los contenidos que pueden habitar en Internet o configurar un curso on-line son en la actualidad de carácter multimedia. Ante el eterno debate en el sentido de si es mejor el texto lineal que el hipertexto o los contenidos visuales e interactivos, podríamos plantearnos que el éxito de la acción formativa que se desarrolle on-line dependerá precisamente de la flexibilidad con que la diseñemos. El factor principal no será, así, si los contenidos que ofrecemos son especialmente llamativos, visuales o costosos, sino la medida en la que se adaptan a los estilos de aprendizaje del público al que nos dirigimos. Se trata de un medio especialmente propicio a la personalización, a la escalabilidad, a la flexibilidad, que por tanto se beneficiaría especialmente de estudios de segmentación del alumnado según criterios tan dispares como la edad, el estilo de aprendizaje, el nivel cultural o lo novedoso del medio para el alumnado.

Según la misma lógica, destacar una vez más el papel del tutor como guía, como experto que trazará el camino, que dibujará el mapa cognitivo en el cual se asentarán los trayectos que de forma relativamente libre, autodidacta y en un mundo (la red) tan inabarcable como seguro, los alumnos recorrerán. Su misión será, en resumen, la de sensibilizar sobre la importancia de la formación autodidacta y permanente, apuntalada pero no finalizada al terminar un curso. El concepto de satisfacción, los cuestionarios que intentan valorarla, deberán contener preguntas que, más allá de los contenidos del propio curso, valoren la medida en la que el alumno se considera capaz de continuar construyendo su aprendizaje. Si además, podemos llegar a valorar positivamente el grado en que hemos derribado resistencias ante el nuevo medio, habremos dado un valor añadido al e-learning como nuevo entorno de socialización.

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